Cuando Avni está contento, es una verdadera bola de energía. Pero cuando está triste, puede convertirse en todo lo contrario: una simple bola redonda y azul que no habla. Entonces, ya no hay nadie que vaya a por los balones perdidos estirando los brazos, que haga las mayores trastadas volviéndose rojo, amarillo o transparente o que fastidie al director adoptando su apariencia. Sin Avni, ¡qué aburrimiento!