Cuando su madre muere de forma repentina, Ana siente que todo su mundo se ha detenido. Así que, por primera vez, se atreve a hacer aquello con lo que lleva soñando toda su vida: dejar atrás su querida isla, su ex casi-novio (el típico error con abdominales) y mudarse con su tío Andrew a Nueva York. En la ciudad que nunca duerme, Ana experimentará por primera vez días de vértigo y noches imprevisibles, romances que duran menos que un stories, un trabajo que parece de película y amistades que se convierten en salvavidas. Divertida y descarada, El año que me comí la gran manzana es una historia sobre excesos, nuevas pasiones, y empezar de cero.