En 1649, una peste devastadora se cebó con Córdoba. De aquella calamidad y del miedo colectivo que la siguió nació algo que cuatro siglos más tarde sigue vivo: la devoción de los cordobeses a San Rafael, el arcángel que juró ser su custodio. La iglesia que hoy conocemos como el Juramento es el monumento más elocuente de esa promesa. Pero también es, piedra a piedra, el testimonio de una ciudad entera, de los nobles que la financiaron, los maestros de obras que la construyeron, los cofrades que la sostuvieron y los vecinos anónimos que la llenaron de fe y de plata labrada. Una iglesia, una ciudad, tres siglos de historia compartida. El templo que surgió de todo ese empeño colectivo es además un documento arquitectónico de primer orden. Su construcción coincide con el momento en que la Academia imponía sus criterios sobre el saber tradicional de los maestros de obras, y esa tensión entre lo académico y lo gremial atraviesa de manera ejemplar la historia del Juramento. Las soluciones adoptadas en su fachada, sus torres y su característica rotonda permiten hoy leer con clar