Después de años investigando a la extrema derecha, de leer a intelectuales e historiadores pero también de enfrentarse a amenazas en las calles y en los juzgados, Antonio Maestre seguía sin encontrar respuesta a la pregunta más incómoda: ¿Por qué se produce la radicalización ultra de personas que nunca han sido extremistas? ¿Qué lleva a personas con las que compartes trabajo, o incluso familia, que jamás harían daño a nadie, a replicar comportamientos fascistas? ¿Qué les pasa por la cabeza para que de pronto vean como enemigos a erradicar a las personas más vulnerables y asumir las ideas más tóxicas de nuestra historia? Para Maestre, la respuesta pasa necesariamente por una aproximación íntima y emocional, casi psicológica. Porque el auge de la extrema derecha no tiene tanto que ver con las razones externas (la crisis económica, el descontento social, el desmantelamiento del Estado de bienestar), como con el interior, con cómo los hombres han sido educados en valores machistas y misóginos, como la dominación, la humillación y la violencia, de lo que es difícil escapar incluso para él mismo. Según sus palab