Los focos del Ring están apagados, sumiendo en la penumbra la estela de humo que, en una danza hipnótica con las luces, confería ese carácter épico y atemporal a cada combate de kickboxing. Cuántas veces dirigí mi mirada hacia el cuadrilátero, mientras caminaba al encuentro con mi rival, pero más crucialmente al encuentro con mi propio ser, en un desafío que la mayoría de los luchadores asumíamos como una contienda contra nosotros mismos.
El verdadero combate tiene lugar en las horas, los minutos previos a subir al ring, cuando la adrenalina avanza desbocada por nuestro torrente sanguíneo, cuando pueden aparecer las dudas. También cuando todo ha terminado, cuando el resonar de los golpes se desvanece. Es en esos momentos donde nos enfrentamos a nuestras sombras internas, donde debemos sobreponernos ante las inseguridades, ante los resultados. En ese silencio en el rincón de un vestuario, en la habitación de un hotel, o con la cabeza apoyada en la ventanilla de un coche, cuando esperaban largas horas de carretera de regreso a casa.
Con el eco en mi mente de los aplausos ya desvanecidos, descubrí que la verdadera victoria, el combate más duro se forja en la lucha interna, en la aceptación de nuestras propias limitaciones y en la búsqueda constante de superación.
Así, con los focos apagados, invito al lector a adentrarse en estas páginas. No sólo para leer una historia de combate, sino para explorar la profundidad de las enseñanzas, la superación personal y la verdadera esencia de las artes marciales. En cada capítulo, en cada palabra subyace la esencia de lo que significa este viaje llamado vida, para un profesor, aprendiz de maestro.